35 años de San Romero de América

El sacerdote jesuita Miguel Matos describe al prelado salvadoreño como un hombre “incondicionalmente fiel al mensaje de Jesús, que es la opción preferencial por los pobres y los sufridos”

Monseñor Romero

El 24 de marzo de 1980 monseñor Oscar Arnulfo Romero oficiaba la misa en la Capilla del Hospital La Divina Providencia, en San Salvador, cuando las balas del odio callaron su voz. Su sangre se sumó a la que corría por esos años en El Salvador, consecuencia de una guerra civil alentada por intereses foráneos y en la que el pueblo más pobre llevaba la peor parte. Una comisión de la ONU señaló en 1993 al mayor del ejército Roberto D’Aubuisson, fallecido de cáncer, como autor intelectual del crimen.

Bautizado popularmente como San Romero de América, pasó años sin que la causa de su elevación a los altares avanzara en el Vaticano, pero el papa Francisco ya lo reconoció como mártir y será beatificado en mayo próximo.

Hoy se cumplen 35 años del asesinato que conmovió a El Salvador, a Venezuela y América Latina. El homicidio fue una suerte de “crónica de una muerte anunciada”, porque sus enemigos pasaron de las amenazas verbales al ataque. Cada 24 de marzo se conmemora el Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con Violaciones Graves de los Derechos Humanos y de la Dignidad de las Víctimas.

SANTO EN LA CALLE Y EN LA IGLESIA

El venezolano Miguel Matos, sacerdote jesuita, lo describe como un hombre “profundamente fiel al mensaje de Jesús, incondicionalmente fiel al mensaje de Jesús, que es la opción preferencial por los pobres y los sufridos”.

ImagenCon la decisión del Papa “se hace justicia; un poco tardíamente, pero se hace justicia”, expresó Matos, en conversación telefónica con el Correo del Orinoco.

Hay, en su opinión, condiciones para que sea santo: “Era un hombre que tuvo una formación conservadora, del estatus y que incluso cuando fue electo para presidir la iglesia de El Salvador despertó muchísima decepción entre la gente que esperaba una recuperación de la Teología de la Liberación”. Pero luego cambió su postura “al ver los hechos tal como se suscitaban en El Salvador” y optó por los más arrinconados.

Influyó en su cambio el asesinato del padre Rutilio Grande (en 1977), y asumió el camino “sabiendo que las cosas lo iban a llevar hasta el martirio”.

Matos comenta que dentro de la Iglesia, bajo el mandato del papa Juan Pablo II, Romero sintió “que no era escuchado sobre la situación salvadoreña” y que “se le tendía un cerco del cual sabía que no iba a salir vivo”.

Cuando monseñor conminó a las fuerzas de seguridad salvadoreñas a cesar la represión, el 23 de marzo de 1980, “estaba firmando su condena a muerte”, estima Matos. Siempre hay sucesos que se van sumando unos con otros “hasta que llega un momento cuando hay un detonante, como le ocurrió a Jesús al condenar la mercantilización del templo”. En su opinión, en el caso Romero la exhortación al Gobierno para que dejara de reprimir al pueblo fue “el detonante” porque ya tenía un arrastre en los sectores populares y logró hacerse oír entre la gente “de a pie”.

POR ENCIMA DE LA INTRIGAS

El sacerdote indica que la Iglesia intenta dar tiempo para que se decanten los acontecimientos, pero en el caso de Romero “uno de los hechos que pesó en su contra es que todavía sobreviven sus asesinos” así como la corriente que lo adversó, no solo en El Salvador sino en el vaticano.

Imagen“Pero con su valentía el papa Francisco pasó por encima de esas intrigas” y se logró avanzar en la causa. “Fue muy importante que una comisión de teólogos se hiciera sentir para catalogar su muerte como un martirio, que es un argumento teológico que debe ser respetado”, enfatizó Matos.

Romero “fue objeto del odio por la fe que tenía, y como murió celebrando la Eucaristía” causa extrañeza que tardara tanto la decisión del Vaticano, admite el padre venezolano.

Pero, independientemente de lo que ocurría puertas adentro de la Iglesia, el pueblo no esperó “las operaciones curiales, sino que San Romero de América es conocido como tal”. La colectividad vio en él “la identificación con los más necesitados, con las víctimas de El Salvador, que era un escenario muy abierto a América Latina”. También “la valentía con la que enfrentó a los enemigos del pueblo; incluso en su propio entierro hubo una balacera”.

Lo que el pueblo siempre visualizó en Romero fue “una opción valiente, preferencial por las víctimas, por los más pobres”, en un contexto en el cual “esos pronunciamientos tenían un riesgo” para la vida, caracterizó.

Matos vincula el crimen con la injerencia estadounidense, por el apoyo de ese país a los gobiernos de El Salvador y a los grupos de ultraderecha. “Cualquier cosa que suceda en nuestro continente sería ingenuo pensar que no están detrás los organismos norteamericanos”, evaluó.

La beatificación y la canonización “son procesos casi automáticos, por lo que no debe haber muchas trabas”, puntualiza. “Sus detractores seguirán siendo sus detractores, seguirán manifestando su falta de fe”.

-¿Todavía hay detractores de Romero?

-Hay gente que considera que, con su actuación, le hacía el juego a la guerrilla, aun cuando él fue muy celoso de desmarcarse de la connotación más política de aquel momento. Fue evangélico, cristiano, al ver las cosas desde ese punto de vista. Uno lee sus sermones y ve que tienen una connotación evangélica, con un cuidado muy expreso en no sumarse a ninguna parcialidad política. Sus detractores eso no lo reconocen, sino que sienten que fue usado por la izquierda. El hecho de que el papa Juan Pablo II no le diera la acogida que necesitaba posiblemente fue porque lo consideraba en los mismos términos.

Texto: Vanessa Davies – Correo del Orinoco

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