Crítica a la des-construcción reaccionaria del movimiento de mujeres

Por Inés Zadu (Las Rojas), Revista SoB 23-24, diciembre 2009

El socialista que no es feminista carece de profundidad.

El feminista que no es socialista carece de estrategia.

Rosa Luxemburgo

MinMujer - Noticias - 2014-12-22 20-36-48 - Movimientos de mujeres respaldan al TSJ

La relativamente amplia vanguardia de género está cruzada por los debates planteados por la llamada teoría Queer, que ha desplazado en los últimos años a la teoría feminista y es presentada como una superación de esta última. Desde nuestro punto de vista esta teoría resulta un escollo en el camino de la emancipación de las mujeres porque persigue el objetivo de disolver todas las identidades oprimidas y por consiguiente esteriliza todo intento de organización de las mujeres para su liberación.

Los departamentos de estudios de género de las universidades norteamericanas adoptaron la palabra Queer(raro, enfermo, anormal, en inglés), que se utiliza en la lengua de la calle para señalar despectivamente a aquellas personas que viven una sexualidad diferente a la establecida en el modelo blanco, occidental y cristiano. La academia re configuró el término, al darle una connotación positiva que cuestionaría la imposición de identidades genéricas (hombre-mujer) hegemónicas y opresivas. De la mano de las teorías del fin de la historia, de los grandes relatos y de los sujetos, el pos-feminismo se postula como la teoría destinada a iluminar sobre la multiplicidad de diferencias sexuales que cuestionan lo hegemónico. Dos libros editados en los años 90 del siglo XX son los fundadores de esta nueva teoría: Epistemology of the Closet, de Eve Kosofsky Sedgwick, y Gender Trouble, de Judith Butler. Butler cuestiona la identidad “mujer” de un feminismo al que critica por considerarlo heterosexista ya que excluye otras identidades.

En esta teoría las identidades incluyen una variedad de categorías: sexo, raza, clase, nacionalidad. A estas categorías se les asigna un valor equivalente, que cruzan a los sujetos (individuos) y les otorgan identidades cambiantes y múltiples.

Esta manera de ver la sociedad se aleja completamente del análisis materialista. Se trata de una categorización puramente ideal, que niega las relaciones sociales que estructuran a la sociedad capitalista, como si la sociedad fuera una miríada de individuos atravesados por diferentes identidades, que por añadidura el individuo elige para sí, configurándolos de manera particular: cada individuo es único en su especie.

La sociedad capitalista, como todas las sociedades fundadas sobre la propiedad privada y la explotación de unos sobre otros, ha perpetuado la opresión sobre las mujeres. Estas relaciones opresivas no son un producto original de este sistema. Sin embargo, el capitalismo ha sido capaz de subsumir formas anteriores de dominación, como en el caso que nos ocupa, la sujeción de la mujer a la familia patriarcal. La sumisión de la mujer tiene una base material de extraordinaria fuerza: la familia como reducto de la reproducción de la vida cotidiana, esfera separada de la producción social, a partir del trabajo no pagado que realizan las mujeres. Reducir la categoría “mujer” a una identidad puramente ideal niega toda la base material sobre la que se construye la dominación sobre la parte femenina de la humanidad. Más todavía, niega la posibilidad de construir un movimiento de mujeres capaz de rebelarse contra el sistema capitalista patriarcal.

El camino para la emancipación de la mujer se abre cuestionando las bases materiales de la opresión, encarando una batalla junto con el movimiento lgttbi, en estrecha alianza con la clase trabajadora, por terminar con el sistema de explotación, por la abolición de la propiedad privada como punto de partida para establecer relaciones sociales sobre nuevas bases, más justas e igualitarias. Al mismo tiempo, la conciencia socialista y feminista son fundamentales para encarar esa dura batalla, ya que tanto la opresión de género como cualquier otra forma de opresión sólo desaparecerán en la medida que la clase trabajadora adopte el programa del feminismo socialista y para ello acompañe e impulse la formación de organizaciones propias de las mujeres en esta tarea.

El feminismo surgió de los movimientos de lucha de las mujeres y tiene una larga historia que puede ser rastreada hasta las primeras contestatarias como Olympia de Gouges, Mary Wollstonecraft o Flora Tristán. Las diferentes oleadas del feminismo, que coinciden con las grandes alzas de lucha del movimiento obrero y socialista, saltó luego a las universidades con las primeras elaboraciones de Simone de Beauvoir y en los años 60 del siglo pasado con el movimiento feminista norteamericano y europeo. Como todo movimiento vivo, el feminismo alumbró diferentes corrientes teóricas en diálogo y debate con las diversas corrientes políticas y teóricas contemporáneas.

Los debates se centraron en identificar el origen de la opresión de la mujer, de dónde surge el hecho de que la mayoría de la humanidad (las mujeres) se encuentra oprimida; cuándo apareció esta opresión; cuál es la lucha política para superarla y quiénes serían los aliados de las mujeres en esta lucha.

Ya las precursoras del feminismo habían dado cuenta del rol de segunda que se les asigna a las mujeres. Por ejemplo, la Convención de Séneca Falls (Nueva York) de 1848 se propuso luchar por la abolición del matrimonio, el derecho de tener hijos sin estar casada, la protección de las madres solteras y sus hijos y el sufragio femenino. Por su parte, Federico Engels había declarado el trabajo doméstico y el encierro en el hogar como las tumbas de la mujer,[1] dando cuenta de que no se trata de un hecho natural e identificando el origen de ese mismo hecho.

La explicación sobre el origen social de la opresión fue muy bien desarrollada por la feminista Simone de Beauvoir, quien señaló “no se nace mujer, se llega a serlo”.[2] Es decir, el hecho de que las mujeres hubiéramos estado relegadas a lo largo de toda la historia humana no está fundado sobre una inferioridad natural, sino que se trata de una construcción social. La sumisión femenina es producto de la crianza, la educación en la familia, en la escuela y en la religión, es decir la socialización, que nos convierte en una creación cultural definida siempre a partir del otro, el padre, el marido, los hijos, nunca como una afirmación identitaria positiva.[3]

La categoría teórica que permitió dar cuenta de esto fue el llamado sistema sexo/género, aportado por la feminista norteamericana Gayle Rubin.[4] Para Rubin, a partir de las diferencias morfológicas externas (genitales masculinos/genitales femeninos), el patriarcado le atribuye determinadas características a hombres y mujeres que no son atributos naturales, sino que son construcciones sociales. Así mientras los hombres son presentados como fuertes, guerreros, aptos para la política y la vida pública; las mujeres serían en esencia seres amorosos, destinados al cuidado de los otros y cuyo fin en la vida es la maternidad y el cuidado del hogar. El sistema sexo/género construye toda una serie de atributos supuesta mente inmutables cuyo resultado es la relegación de las mujeres al ámbito de lo privado mientras el hombre está destinado al ámbito de lo público. Supone además la llamada heterosexualidad obligatoria o heteronormatividad, que impone a todos los seres humanos el modelo de pareja hombre-mujer como única forma de relaciona miento sexual-afectivo. Una de las consecuencias más importantes de la conceptualización del par sexo / género fue la de separar la procreación de la sexualidad, lo que preocupaba enormemente a las mujeres y que permitió demostrar que el gran objetivo del patriarcado es mantener a las mujeres encerradas en el hogar, a la vez que explica por qué el sentido de la heteronormatividad es sostener la identificación obligatoria entre sexualidad y procreación.

Más adelante, hacia los años ’80 del siglo pasado, el viejo movimiento feminista sufrió un proceso de cooptación por parte del sistema. El extinto movimiento autónomo dejó de serlo para refugiarse en las universidades, en las ONGs y en las oficinas gubernamentales dedicadas a la política de “género”.

Junto con la teoría del fin de la historia, del fin de los grandes relatos y del fin de los sujetos, que comenzaron su reinado, apareció el pos-feminismo y con éste la teoría Queer.

Existe hoy una pequeña pero valiosa vanguardia que emprende la lucha de género, cuestiona la institucionalización de la lucha de la mujer, critica al viejo feminismo cooptado por el sistema, pero que a la vez comparte lo que llamaremos el sentido común Queer. Desde nuestro punto de vista la teoría Queer es la hija política del pos-feminismo, y es un producto de la derrota del viejo movimiento feminista.

Por nuestra parte, nos definimos como feministas socialistas y consideramos que la lucha contra la opresión de la mujer debe ser parte de las tareas para superar al capitalismo patriarcal como totalidad.

En este artículo intentaremos dar cuenta de los debates que atravesaron al movimiento feminista a lo largo de su historia y de sus conceptos. Ofreceremos una crítica a la teoría Queer por considerarla una visión reaccionaria respecto de la lucha por la emancipación de la mujer. Finalmente, expondremos nuestras posiciones respecto de cuáles son las categorías y los objetivos que debe proponerse un movimiento de mujeres de lucha, feminista y socialista, para superar la opresión a la que nos somete el capitalismo patriarcal.

Patriarcado, lucha de mujeres y lucha de clases

Toda la historia del feminismo estuvo marcada por el impulso de la lucha política de las mujeres en las calles, las rebeliones, las guerras y las revoluciones como así también por las derrotas, acompañando los vaivenes de la lucha de clases más general. El ritmo de la lucha de clases está dado por el enfrentamiento entre burguesía y proletariado, con sus variaciones en la relación de fuerzas entre esas dos clases, pero además en épocas de avance de la burguesía ésta descarga sobre la familia, y en consecuencia sobre la mujer, toda la brutalidad de la que es capaz. Al mismo tiempo, la energía liberada en las conquistas del proletariado permite una mejor situación para las mujeres. Por otra parte, las mujeres constituyen un sector que si adopta el programa revolucionario es capaz de cuestionar al patriarcado, que es uno de los bastiones de la estructura social capitalista. Este hecho es desconocido o directamente ignorado por el feminismo académico, que presenta siempre los avances y retroceso del movimiento de mujeres como hechos aislados.

Desde la llegada de la burguesía al poder, con el proceso de conformación del capitalismo, podemos considerar cuatro grandes etapas históricas de la lucha de las mujeres por su emancipación. Vamos a reseñar muy someramente estas etapas, dado que escapan al objeto de este artículo.

Una primera etapa que va de la Revolución Francesa a la Comuna de París, en la que encontramos a las pioneras del feminismo, como la escritora inglesa Mary Wollstonecraft que escribió la “Vindicación de los Derechos de la Mujer”, donde explicaba que las mujeres se encuentran en condición de inferioridad en la sociedad debido a la educación sexista que reciben, identificando la socialización como origen del atraso de las mujeres y cuestionando el supuesto origen natural de la diferencia sexual. Podemos mencionar también a Olympia de Gouges, una campesina analfabeta de la época de la Revolución Francesa que emigró a París y se unió a los revolucionarios, se convirtió en escritora y luego de redactar los “Derechos de la mujer y la ciudadana”, fue guillotinada en 1793.

Más adelante en el período de las primeras revoluciones verdaderamente obreras de mediados del siglo XIX, se destacó Flora Tristán, quien fundó la Unión Obrera y dedicó su vida a la militancia revolucionaria, organizando obreras y obreros en las puertas de los talleres y fábricas, imprimiendo su folleto “la Unión Obrera” y realizando mítines. Antes incluso de la aparición del Manifiesto Comunista de Marx y Engels, Flora señaló que “la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos y la emancipación de las mujeres será obra de las mujeres”.[5]

Para la misma época se realizó en Estados Unidos la Convención de Séneca Falls (Nueva York), organizada por las mujeres que fundaron el llamado movimiento sufragista. Este movimiento recorrió distintas ciudades de ese país y de Europa, organizando mujeres por el derecho al voto, por el derecho al divorcio y por conquistar condiciones de igualdad para las mujeres. Se caracterizó por sus manifiestos, por sus movilizaciones y por los boicots a los actos electorales, muchos de los cuales terminaron con ellas presas.

Otro gran ejemplo lo dieron las mujeres de la Comuna de París (1871). Algunas de ellas, como Louise Michel, dieron vida a los “Club de Amigos de la Revolución”. Michel lideró un batallón femenino, que fue abatido junto con los demás comuneros. Ella logró escapar pero fue detenida y luego deportada a Nueva Caledonia (Oceanía). Fue la primera en enarbolar la bandera negra, que se convertiría en el símbolo del anarquismo. A su vuelta a París, fue ovacionada por el pueblo y continuó su trabajo militante a favor de la emancipación de los trabajadores y las mujeres, pasando gran parte de su vida en prisión.

Todo este período fue caracterizado por la revolución burguesa, con el definitivo ascenso de la burguesía al poder y, luego, con las incipientes rebeliones obreras, donde por primera vez la clase trabajadora empezó a tomar conciencia de su condición de explotada. En todo este largo proceso, las mujeres no solamente estuvieron presentes en las rebeliones, revoluciones y revueltas populares sino que también lucharon por sus propios derechos. A lo largo de este período el movimiento femenino se concentró en demostrar su situación de inferioridad respecto de los varones y en lograr conquistas formales de igualdad. La batalla ideológica ponía el acento en demostrar el origen no natural de la opresión, en cuestionar el lugar de segunda para las mujeres y en el caso de las socialistas y anarquistas, en organizar a las mujeres trabajadoras para incorporarse a los movimientos insurreccionales.

El segundo gran ciclo que marcamos es el de la Revolución y la Contrarrevolución de finales del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. El movimiento sufragista y el movimiento de mujeres socialistas confluían en la lucha por los derechos democráticos, por obtener conquistas formales, pero se diferenciaban en que las socialistas formaban parte también de las organizaciones que luchaban por la revolución obrera. Debemos mencionar a la destacada militante de la socialdemocracia alemana Clara Zetkin, quien organizó la primera sección femenina de la Internacional Comunista y publicó el periódico “La Igualdad”, que llegó a tener una tirada de 100 mil ejemplares. En 1910 la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, reunida enCopenhague, proclamó el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora, a propuesta de Zetkin. En la Argentina podemos mencionar la gran actividad de las mujeres socialistas, comunistas y anarquistas, de las que nos queda el periódico “La Voz de la Mujer. Ni Dios ni Patrón, ni Marido”, publicado en 1896 y 1897en varios idiomas por las obreras que se enfrentaban con los patrones y los curas.

Pero la Primera Guerra Mundial dividió las aguas, no sólo dentro del movimiento socialista de la época, sino también entre las organizaciones de mujeres. Mientras las sufragistas burguesas callaron frente a la guerra o manifiestamente se colocaron del lado del nacionalismo, adoptando posturas de apoyo a las burguesías en guerra, las socialistas se declararon por el internacionalismo proletario, rechazando la guerra imperialista y llamando a la clase trabajadora a unirse contra los patrones de todos los países. La Internacional de Mujeres se declaraba contra la guerra ya en 1904 y en la conferencia socialista por la paz de Basilea (Suiza) de 1912 Clara Zetkin daba un legendario discurso anti bélico. Las feministas burguesas se alineaban con sus “naciones” y adoptaron posiciones reaccionarias de apoyo a sus países en la guerra. Por su parte, la gran Rosa Luxemburgo, quien pasó más de la mitad de su vida en prisión y fue asesinada por la contrarrevolución alemana, fue un ejemplo aguerrido de clasismo, al enfrentarse nada menos que con el poderosísimo aparato del Partido Socialdemócrata Alemán en la célebre votación de los créditos de guerra. Mientras el Partido se colocó claramente del lado de la burguesía germana, dando un salto al vacío en la conciliación de clases, los espartaquistas con Rosa y Karl Liebnek a la cabeza, se mantuvieron incólumes en su posición de enfrentamiento a la guerra inter burguesa.

Extraordinario fue el rol de las mujeres en la Revolución Rusa, con sus destacadas dirigentes como Alejandra Kollontai, capaces de organizar reuniones en las peores condiciones de la represión zarista. Las mujeres obreras fueron, a decir de León Trotsky en su “Historia de la Revolución Rusa”, las que dieron el puntapié inicial de la revolución de febrero de 1917.

“El 23 de febrero era el Día Internacional de la Mujer. Los elementos socialdemócratas se proponían festejarlo en la forma tradicional: con asambleas, discursos, manifestaciones, etcétera. A nadie se la pasó por las mientes que el Día de la Mujer pudiera convertirse en el primer día de la revolución. Ninguna organización hizo un llamamiento a la huelga para ese día. (…) Es evidente, pues, que la Revolución de Febrero empezó desde abajo, venciendo la resistencia de las propias organizaciones revolucionarias; con la particularidad de que esta espontánea iniciativa corrió a cargo de la parte más oprimida y cohibida del proletariado: las obreras del ramo textil. (…) Manifestaciones de mujeres en las que figuraban solamente obreras se dirigían en masa a la Duma municipal pidiendo pan. Era como pedir peras al olmo. Salieron a relucir en distintas partes de la ciudad banderas rojas, cuyas leyendas testimoniaban que los trabajadores querían pan, pero no querían, en cambio, la autocracia ni la guerra. El Día de la Mujer transcurrió con éxito, con entusiasmo y sin víctimas. Pero ya había anochecido y nadie barruntaba aún lo que este día fenecido llevaba en su entraña”.[6]

Las conquistas que la Revolución de Octubre trajo para las mujeres soviéticas fueron de tal amplitud que superaron las fantasías de la más aguerrida feminista. De un plumazo se barrieron todas las desigualdades formales, conquistándose el derecho al divorcio, el derecho al aborto, la protección de los niños y niñas huérfanos, el derecho a participar de cargos políticos, etcétera. Pero más aún, la Revolución se preocupó por combatir las cuestiones materiales y culturales que hacen a la opresión de las mujeres. Por una parte se desarrolló el programa de comedores, lavanderías y guarderías, para aliviar el trabajo doméstico, iniciando en la práctica el programa de socializar las tareas de la vida cotidiana, trasladándolas a la esfera de la producción social. Y por otra parte, se dieron toda clase de iniciativas para elevar el nivel cultural y brindar herramientas para la auto emancipación de las mujeres.

Estas conquistas fueron eliminadas de cuajo por la contrarrevolución estalinista, el sepulturero de la revolución bolchevique. Para 1931 Stalin lanzó una serie de decretos destinados a encerrar nuevamente a las mujeres en el hogar sacándolas de las fábricas y de los puestos de mando en el Estado, con el argumento de una supuesta abundancia que habría dado lugar a la “felicidad socialista”. Así se prohibió el derecho al aborto y otros derechos conquistados, además de perseguir a los homosexuales.

Capítulo aparte merecen las mujeres de la Guerra Civil Española (1936), quienes desobedeciendo a las conducciones estalinistas que las querían confinar a la enfermería y la cocina, dieron inauditos ejemplos de valor al empuñar los fusiles en el frente de batalla contra el franquismo, codo a codo con sus compañeros anarquistas y socialistas.

Esta etapa es flagrantemente silenciada en la literatura oficial feminista, que solamente menciona la aparición de Simone de Beauvoir, como una solitaria luminaria en una época oscura. Sin embargo, sostenemos que fue un período caracterizado por la gran participación de las mujeres en procesos de lucha extraordinarios de la clase trabajadora.

En tercer lugar se dio la oleada de ascenso de la lucha social y política de los años 60 y 70 del siglo XX, caracterizado por el movimiento contra la guerra de Vietnam, la Revolución Cubana, los movimientos anticoloniales del Tercer Mundo, el Mayo Francés, el Cordobazo y Tlatelolco, por mencionar los más destacados. Como consecuencia de la lucha del movimiento feminista se logró la legalización del aborto en casi todos los países de Europa y en Estados Unidos entre 1960 y 1980. Una vez más los debates dentro del movimiento feminista caracterizaron a los movimientos de lucha. Un sector importante del feminismo, como la célebre Juliet Mitchell, sostenían la tesis de que el movimiento socialista omitía la cuestión de la emancipación femenina por ocuparse “solamente” de la revolución proletaria.

Mary Alice Waters, militante del Socialists Workers Party de Estados Unidos, expuso con solidez los debates y las líneas divisorias dentro del movimiento feminista de la época que, digamos de paso, constituyen la divisoria ideológica y política que recorre a todo el movimiento feminista hasta nuestros días. Citamos extensamente a Waters por considerar sus palabras de gran valor:

“Debo empezar exponiendo lo que considero la generalización más importante que debemos extraer de la historia del marxismo revolucionario en relación a la lucha contra la opresión de la mujer. Es ésta: desde el comienzo del movimiento marxista hasta hoy, durante cerca de 125 años, los marxistas revolucionarios han sostenido una lucha sin cuartel en el seno del movimiento de la clase obrera a fin de determinar una actitud revolucionaria hacia la lucha por la liberación de la mujer. Han combatido por situarla sobre bases históricas y materiales; y por educar a toda la vanguardia en la comprensión de la importancia de las luchas de la mujer por la plena igualdad y por la liberación de la degradación secular de la esclavitud doméstica. Este combate ha sido siempre una de las líneas divisorias entre las corrientes reformista y revolucionaria de la clase obrera; entre aquellos entregados a una perspectiva de lucha de clases y los seguidores de la línea de colaboración de clases. La opresión de la mujer y cómo luchar contra ella ha sido piedra de toque en cada punto de inflexión de la historia del movimiento revolucionario. Nuestros antecesores ideológicos y políticos, los marxistas revolucionarios, tanto hombres como mujeres, lucharon contra todos aquellos que se negaban a inscribir la liberación de la mujer en la bandera del socialismo, o contra quienes la apoyaban de palabra pero se negaban a luchar por ella en la práctica.”[7]

Mientras el llamado feminismo burgués mantenía en esferas separadas la lucha por la emancipación femenina y las luchas de los trabajadores, las feministas socialistas señalaban la estrecha vinculación entre la lucha por la liberación de la mujer y la lucha de la clase trabajadora por cambiar a la sociedad de raíz. Por su parte, el feminismo burgués acuño la llamada teoría del techo de cristal. Según esta metáfora, la sociedad impone un límite cultural al desarrollo de las mujeres, por el cual a las mujeres les está vedado el acceso a los puestos de importancia en las instituciones sociales y en los organismos del Estado. Una fiel representante de esta corriente fue Betty Friedan, quien publicó “La mística de la feminidad” en 1963, donde explica que la lucha de las mujeres se concibe en términos de obtener la igualdad. A estas alturas, la lucha por la “igualdad” no presentaba ningún cuestionamiento al funcionamiento del capitalismo mismo. Friedan destacaba la importancia de la lucha por la reestructuración de lo doméstico y familiar, la paridad económica y laboral y las mismas posibilidades de acceso a los más altos puestos en empresas, parlamentos y gobiernos. Es decir, se trataría de la conquista de la igualdad formal y de la redistribución de las tareas dentro del ámbito del hogar, lo que no cuestiona en absoluto las bases materiales de la opresión de la mujer, al no cuestionar el pilar sobre el que se sostiene el patriarcado, que es la resolución en forma privada de las cuestiones de la vida cotidiana y por lo tanto, uno de los sostenes del sistema capitalista.

En cuarto lugar, con la caída del muro de Berlín y el llamado socialismo real, se abrió una etapa de profunda reacción, donde se impuso el “fin de la historia”, de los grandes relatos, de las ideologías y de los sujetos. Las teorías posmodernas asumieron que el capitalismo había logrado demostrar su superioridad absoluta como sistema que, aunque fuera perfectible, sería el único capaz de organizar a la sociedad humana. Las versionespor izquierda de las teorías posmodernas son el posmarxismo y el posfeminismo.

La irrupción de los movimientos sociales junto con el movimiento globalifóbico y las rebeliones populares en América Latina puso en tela de juicio toda la palabrería del fin de la historia. En la Argentina la incorporación de miles de mujeres de los movimientos de trabajadores desocupados, oxigenó los Encuentros Nacionales de Mujeres, que se habían visto reducidos a foros de opinión.

La descomunal crisis capitalista global que empezó en 2008, con la reedición de golpes de estado en Latinoamérica (Honduras) dará nuevos capítulos en la lucha de las mujeres. La lenta pero tenaz recomposición del movimiento obrero, seguramente deparará apasionantes y heroicos ejemplos de la capacidad de resistencia y lucha de los trabajadores y trabajadoras. En ese marco, también el movimiento de mujeres, aunque todavía muy atrás en su recomposición, ha dado una nueva camada de jóvenes luchadoras, todavía muy atomizado y desorganizado, pero al que veremos dar grandes batallas. A eso apostamos.

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